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Lo que no te han enseñado: Dentro de la industria láctea


Un investigador de Igualdad Animal nos comparte su experiencia tras pasar meses dentro de una granja lechera y nos cuenta sobre la violencia que presenció.

En el Reino Unido se explotan 2,6 millones de vacas por su leche, en España son criadas más de 800.000 con el mismo fin. Nacen sólo para ser preñadas repetidamente y que así puedan quitarle la leche que es para sus terneros. 

A lo largo de su vida, sufren mucho por los embarazos sucesivos, la alta producción antinatural de leche, el confinamiento y la cojera. Todo ello es perfectamente legal según la legislación vigente. 

A finales del año pasado, a lo largo de varios meses, empecé a trabajar de forma encubierta en el interior de la granja Madox, una de las granjas lecheras intensivas del Reino Unido, que tiene 650 vacas, para documentar la realidad de estos animales criados por su leche. 

Como investigador, mi trabajo consiste en documentar la vida cotidiana de los millones de animales que están confinados en las granjas industriales. Las imágenes que capto son utilizadas por Igualdad Animal para concienciar sobre el sufrimiento que la industria de la ganadería causa a estos animales. 

Cada vez que me aventuro a entrar en una granja industrial o en un matadero, nunca sé exactamente a qué me voy a enfrentar. 

Hay ciertas prácticas que, aunque son muy impactantes, sé que voy a ver porque son legales, pero con demasiada frecuencia soy testigo de terribles abusos y violencia que hacen que la vida de estos animales sea aún más miserable. 

Esta granja no fue una excepción. Esto es lo que presencié. 

DIARIO DEL INVESTIGADOR

En Madox Farm a las vacas se les ordeña tres veces al día: a las 5 de la mañana, a las 12:30 y de nuevo por la noche. 

Las vacas se trasladan a la sala de ordeño por una pasarela de hormigón. Una vez que llegan, se rocían las ubres con desinfectante antes de conectar la máquina de ordeño. 

Es desgarrador ver cómo se trata a un animal como una máquina, sin tener en cuenta sus sentimientos o su dolor. 

El duro suelo de hormigón y la manipulación brusca hacen que las vacas sufran cojeras y lesiones en las pezuñas. 

En una ocasión, una vaca se desplomó en un puesto de ordeño. Estaba atrapada en ese pequeño espacio y el trabajador empezó a darle patadas violentas en el estómago para que se levantara. 

Estaba claramente dolorida y era incapaz de levantarse, así que otro trabajador vino a “ayudar” y empezó a patearla en la espalda mientras el otro la arrastraba por la cola. 

Un día, el director en funciones me indicó que cogiera a los terneros recién nacidos y los llevara a corrales separados. 

Se me rompió el corazón al tener que separar a una madre de su bebé, pero eso es lo normal en las granjas lecheras y no podía arriesgarme a que me pillaran. 

Levanté suavemente a la ternera en brazos y la metí en la carretilla. Era tan pequeña e inocente. 

Mientras me alejaba, la madre me siguió y siguió llamando a su bebé. No quería que se la llevaran. No entendía por qué. Lo único que sabía en ese momento era el dolor. Nunca olvidaré su mirada. 

Como las vacas sólo producen leche para sus bebés, son preñadas repetidamente. 

Las vacas preñadas que van a parir se mantienen separadas de las demás. Una vez que la vaca da a luz, se le quita el ternero a las pocas horas. 

Las nuevas madres son trasladadas de nuevo al establo y puestas en la rotación de ordeño.

Los trabajadores de esta granja no solían ser tan delicados como yo a la hora de separar a los terneros de sus madres. 

A menudo cargaban los cargaban en las “palas” de los tractores y los dejaban caer bruscamente dentro de los corrales de terneros. 

Lo primero y lo único que conocerán en la vida es el dolor.

Las terneras recién nacidas, una vez separadas de sus madres, son mantenidas en corrales separados donde son alimentadas con un sustituto de la leche hasta que tienen la edad suficiente para ocupar el lugar de su madre y ser preñadas por primera vez. 

Fui testigo de la muerte de muchas vacas, por sí solas o tras ser disparadas por los trabajadores. 

En una ocasión, presencié cómo arrastraban a una vaca por el suelo de hormigón por las caderas con una grúa. Luego la dejaron caer violentamente y le dispararon en la cabeza. 

Mientras miraba sus ojos, recordé cómo un trabajador bromeaba sobre el disparo a una vaca, riéndose y llamándola “cena”. 

Cuando una vaca ya no puede parir, o cuando su producción de leche baja hasta hacerla “improductiva”, se la envía al matadero o se le dispara en la granja. Todo esto es legal.  

Las vacas adultas no son las únicas que mueren. 

También presencié la muerte prematura de varios terneros. 

Algunos murieron en el vientre de sus madres. Otros murieron poco después de nacer. 

He visto a las madres lamiendo los cadáveres de sus bebés, afligidas por su pérdida. 

Las vacas eran maltratadas y atormentadas habitualmente por los trabajadores, que les daban patadas, puñetazos, les retorcían la cola, las izaban con grúas y las arrastraban. 

Un día presencié cómo el encargado de la granja en funciones golpeaba con su rodilla a una vaca coja que se había derrumbado. 

Otro día presencié cómo el encargado de la granja en funciones atormentaba a una vaca enferma y sujeta, golpeándole la cara con una sonda de alimentación mientras intentaba introducirla repetidamente en la boca. La vaca acabó en un estado tan agitado que sufrió lesiones internas que le provocaron una importante hemorragia por la boca.

Todos y cada uno de estos animales son individuos que sufren a su manera. Y por eso todas y cada una de sus historias merecen ser contadas. 

Por favor comparte mi relato y firma la petición.


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