Los habitantes de la Isla de Navidad implementan medidas para evitar dañar a los cangrejos rojos

Australia, Isla de Navidad

En la Isla de Navidad (Australia) conviven, entre otros muchos animales, los humanos y los cangrejos rojos.

En esta época del año los cangrejos rojos modifican extremadamente su conducta, abandonando una vida relativamente tranquila y sedentaria para iniciar su época reproductiva. Durante este nuevo ciclo vital realizarán una arriesgada migración –que durará entre cinco y seis días– junto a cerca de ciento veinte millones de individuos de su misma especie, para rebasar los cinco kilómetros que separan la selva donde habitualmente vive de la costa en la que se apareará y pondrán sus huevos.

Además del riesgo que supone abandonar la seguridad de un entorno conocido, la exposición a las altas temperaturas y la posibilidad de muerte por agotamiento o deshidratación, el mayor peligro para estos cangrejos nace del hecho de que en la isla viven además 1.200 seres humanos. Con el fin de cubrir sus necesidades de locomoción, estos seres humanos construyeron carreteras que los cangrejos no tienen más remedio que cruzar, siendo aplastados cientos de miles de ellos por los coches que sobre ellas circulan.

 

Ante esta situación, los humanos del lugar, acostumbrados a esta migración y a la convivencia con los cangrejos, se propusieron encontrar soluciones para resolver este grave conflicto. Así, optaron por cerrar algunas carreteras para facilitarles el paso y, en el caso de vías en las que resulta más complicado cortar el tráfico de vehículos, colocaron señalizaciones para reducir la velocidad y avisar del paso de estos cangrejos. También instalaron para ellos pasos elevados, caminos y  túneles, respetando así las necesidades básicas de millones de individuos de una forma muy sencilla.

Por suerte para los cangrejos de la isla de Navidad, los seres humanos del lugar decidieron utilizar su capacidad para resolver problemas para garantizar una convivencia sin víctimas.
 

En el presente momento histórico, los seres humanos somos, en términos generales, quienes más impacto provocamos sobre los ecosistemas naturales, pues la mayor parte de las veces nos relacionamos con los demás animales en el modo que más beneficio nos reporte sin tener en cuenta el perjuicio que nuestras imposiciones tienen para ellos y el medio en el que viven.

En nuestra “comunidad humana” convivimos con individuos de determinadas especies que fueron paulatinamente incluidos, continuamente seleccionados, para ser lamentablemente convertidos en productos de gran rendimiento económico. Comerciamos con sus vidas, los forzamos a realizar los trabajos que nos parecen más convenientes o los convertimos en rediseñados seres de compañía que alimentan nuestras necesidades emocionales.

EnAparte de estos animales directamente explotados en nuestro día a día dentro de nuestra sociedad, existe una inmensa mayoría de otros individuos a los que apenas conocemos y con los cuales sólo nos relacionamos de forma puntual cuando coincidimos en determinados espacios comunes.

Con todos ellos existe un conflicto de intereses.


Los seres humanos imponemos con fuerza nuestra voluntad, creyendo que nuestras necesidades e intereses tienen un valor incuestionablemente superior, despreocupándonos en general por lo que desea la gran mayoría de especies animales con las que compartimos el planeta.

¿Quiénes somos los seres humanos para determinar el valor, la importancia de unos intereses sobre otros? ¿Cómo podemos resolver de forma imparcial estos conflictos que surgen?

En primer lugar, podemos idear nuevas formas de vivir que no interfieran con los intereses de otros individuos, llegado el caso de considerar respetarlos, claro está.

En segundo lugar, los seres humanos que somos capaces de tomar decisiones basadas en estos razonamientos y, por tanto, elegir entre diferentes soluciones para cubrir nuestras necesidades podemos optar por comportamientos que respeten a los demás individuos o por otros que los vulneren amparados en la errónea percepción de que los deseos de los demás animales son irrelevantes comparados con los propios.


El origen de un conflicto puede tener muchas raíces: la alimentación, la ocupación de un territorio… La traslación también es uno de ellos.

Todos los animales tenemos la necesidad de trasladarnos y somos muchos los que realizamos migraciones para buscar alimento, mejores condiciones de vida, reproducirnos, etc. Los seres humanos ideamos formas de locomoción que satisfacen esa necesidad cada vez con más efectividad. Por desgracia, estas medidas suelen entrar en conflicto con otros seres que no ven respetado ese mismo interés que también ellos precisan cubrir.

Tenemos en nuestra mano solucionar muchos de los conflictos que surgen entre nosotros y los demás animales, simplemente, parándonos a pensar por un momento en la necesidades del resto de especies con las que compartimos el planeta. Tenemos la capacidad de resolver problemas; usemos esta capacidad para  buscar la forma de convivir en armonía con quienes, al igual que nosotros, sólo desean vivir sus vidas en paz y sin ser dañados.