Retrato del maltratador de animales de granja

Si alguien tratase a nuestros perros y gatos como se trata a los animales de granja acabaría en la cárcel.

Tal es la magnitud del maltrato al que se ven sometidos cerdos, terneros, corderos, pollos, vacas, gallinas y demás animales de granja. Sin embargo, quienes maltratan a estos animales rara vez se ven perseguidos por la ley o rechazados por la sociedad. ¿Por qué?

La respuesta no es sencilla y tiene múltiples capas. Para empezar, la crueldad hacia estos animales permanece oculta a los ciudadanos. Rara vez hay noticias en los medios de comunicación sobre ella. Para continuar, las leyes de protección son permisivas e insuficientes: maltratar a un cerdo o una ternera suele salir gratis.

 

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Pero, tal vez, el punto más complejo es que el maltrato es omnipresente, institucionalizado y tiene su origen en el eslabón más incómodo de aceptar: nosotros mismos en nuestra faceta como consumidores.

 

¿Quiénes son los maltratadores y por qué maltratan?

El retrato de este maltratador, a grandes rasgos, es el de una persona que trabaja en el seno de las industrias cárnica, láctea o del huevo. No se trata de psicópatas que disfruten haciendo sufrir (o, al menos, no suele tratarse). El problema es más intrincado: en estas industrias se trabaja «procesando» a animales. A muchos, muchísimos animales. 

Cuando el número de animales a los que se tiene que manipular, castrar, hacer andar hacia el matarife, colgar boca abajo, aplicar descargas eléctricas de aturdimiento y degollar es alto, los fallos abundan. Por otro lado, la sensibilidad de los trabajadores hacia el sufrimiento de los animales desaparece.

 

«Si los consumidores deciden demandar otro tipo de productos, las industrias los producirán.»

 

No existe una manera de criar a millones de animales en condiciones industriales sin que abunde el maltrato.

 

Los animales manipulados bruscamente; las castraciones se realizan sin cuidado; se hace andar a los animales a base de golpes o descargas eléctricas; se les cuelga boca abajo con violencia; el aturdimiento previo a la muerte se realiza mal o directamente no se realiza y el degollamiento en cadena deja a muchos animales sufriendo muertes agónicas.

Por si fuera poco, los trabajadores saben que no tendrán que responder ante nadie de sus actos. Así, las leyes de bienestar animal se incumplen con asiduidad y las prácticas se vuelven innecesariamente crueles y violentas.

 

¿Cómo ponerle fin?

Para enfrentarse a un problema como este tenemos que dirigir la mirada hacia el último eslabón de esta cadena: los consumidores.

Al contrario que en el caso de perros y gatos, en el que la denuncia juega un papel esencial, en el caso del maltrato a animales de granja la herramienta más efectiva en nuestras manos son nuestros hábitos de consumo.

Las industrias alimentarias, como el resto, responden a las leyes de la oferta y la demanda. Si los consumidores deciden demandar otro tipo de productos, las industrias los producirán. Cuando la tendencia alcanza el suficiente grado de apoyo, los nuevos productos se normalizan, siendo fácil adquirirlos en las cadenas de supermercados.

Precisamente esto ha sucedido con las leches vegetales. Estos productos han pasado de venderse en establecimientos especializados a hacerlo en las grandes cadenas. Las marcas y sabores abundan: la normalización ha sucedido en cuestión de pocos años.

De la misma manera, reducir el consumo de carne, lácteos o huevos e introducir alternativas vegetarianas a estos productos (de los que, además, abusamos sin medida), generará el mismo escenario. Y, de hecho, ya está sucediendo: las alternativas vegetales a la carne son cada vez más comunes y parte de la sociedad española ha reducido su consumo de carne hasta mínimos históricos.

El maltratador de animales de granja es el que a más animales maltrata. Pero no son todo malas noticias: si el día de mañana tiene que procesar hamburguesas vegetales y no animales, el maltrato desaparecerá de la cadena alimentaria.