«Tengo dos hijos. Si yo fuera una vaca, estarían muertos ahora»

España

Mucho antes de convertirse en madre, Anna Pipus ya no consumía carnes ni ningún otro producto animal como huevos o lácteos. Sin embargo, no fue sino hasta que tuvo su primer hijo que la industria láctea se convirtió en algo espeluznante para ella.

«Sería insoportable para cualquier especie sensible ver a su hijo amado ser brutalmente llevado, indefenso ante cualquier cosa, sin entender lo que estaba sucediendo o por qué», afirma Pipus.

Las vacas madres repiten esta pesadilla cada año hasta que sus cuerpos no aguantan más embarazos consecutivos y son enviadas al matadero. Aunque parezca increíble muchas personas no son conscientes del hecho de que para que una vaca produzca leche debe dar a luz a su bebé. Y este bebé es separado violentamente de ellas apenas minutos después de nacer.

 

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Para Anna, ser madre ha afianzado su opinión de que la industria ganadera es cruel y está resuelta a trabajar para que esta sea en algún momento parte del pasado. «La manera en que la maternidad es pervertida es rampante en todo este grotesco sistema, más allá de las gentiles madres que lloran a sus hijos».

Anna expone en este recuerdo cuán injusto es el sistema: «He visto imágenes de vacas en salas de ordeño tan recientemente dadas a luz que la placenta está colgando detrás de ellas. Sus bebés se han ido, pero no hay tiempo para recuperarse o para llorar, deben estar enganchadas a las máquinas para que se tome su leche para los seres humanos. El sistema es asqueroso».

Todo esto la ha llevado a participar en protestas en contra de esta industria acompañada de su bebé y asegura que él beberá su leche hasta el destete, y luego de eso no beberá la leche de ninguna otra madre.

 

 

«Tengo dos hijos. Si yo fuera una vaca, ya estarían muertos y habrían sido comidos. Todavía estaría de luto por ellos, y tal vez por otros también. Sin embargo, es casi peor pensar que si tuviera hijas estarían sufriendo mi mismo destino. Perder a un niño es la pesadilla de cualquier madre, pero también lo es el conocimiento de que sus hijos están sufriendo».

 

 

Anna considera que la crueldad de la industria hacia las madres e hijos está también presente en los miles de pollos criados por su carne que pian para llamar a sus madres y nunca reciben respuesta ni consuelo.

Está presente en las cerdas que no pueden darse la vuelta ni estirarse dentro de las jaulas de gestación, donde además no pueden cuidar de sus bebés como desearían hacerlo.

Está presente en las gallinas que ponen huevos no fertilizados, uno tras otro, hasta que sus úteros prolapsan o sus huesos se fracturan por la gran pérdida de calcio que sufren por la extrema explotación a las que son sometidas.

Finalmente concluye: «Ninguno de nosotros querría ser inseminado una y otra vez, para infructuosamente soportar los desafíos del embarazo y el parto, y en última instancia, que nos roben a nuestros hijos. Y tampoco deberíamos hacer que otros sufran esto».

 

 

Fuente: http://freefromharm.org/animal-products-and-culture/mothers-against-dairy/