Los peces sienten y son los animales más olvidados del planeta.

Si pensaste que esa vieja creencia de que tienen una memoria de tres segundos y que no sienten dolor era cierta, mejor sácala de tu cabeza porque los peces de estúpidos no tienen ni una escama.

Lamentablemente, debido a que no interactuamos con ellos por vivir en un medio tan diferente al nuestro les conocemos poco y, la verdad, nos importan muy poco.

Al considerar equivocadamente que son insensibles mucha gente que ya ha dejado de comer carne de vaca o de pollo, aún no saca a los peces de sus platos.

Y a pesar de cualquier diferencia que existe entre ellos y el resto de los animales, los peces son tan capaces de experimentar sufrimiento y disfrute como lo pájaros, los reptiles o los mamíferos.

 

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Un reciente informe, producto de años de investigación, ha demostrado que poseen multitud de habilidades como aprender de otros, reconocer a peces con los que han compartido durante un tiempo, conocer su lugar dentro de una jerarquía y recordar el complejo mapa de su entorno.

Todas estas capacidades hacen que sufran tanto como cualquier otro animal criado y matado para el consumo humano.

Pero lo cierto es que no solamente ignoramos sus habilidades sino también el terrible sufrimiento al cual los sometemos para consumir su carne.

Anualmente, la pesca industrial captura en todo el mundo a un número de peces equivalente a la población humana de 142 planetas Tierra. Y en las piscifactorías (granjas de peces) más de 120.000 millones de peces son criados.

 

En el mar, cuando son atrapados en las redes y elevados a la superficie, la descompresión provoca que sus órganos internos exploten. Muchos peces mueren en la superficie luego de esto, otros agonizan hasta morir.

Tanto la pesca industrial como las piscifactorías los someten a un terrible sufrimiento porque, a excepción de otros animales de granja, no existe ninguna ley que regule el bienestar animal de los peces.

Dentro de las piscifactorías viven hacinados en jaulas y los métodos de matanza son igualmente crueles: electrocución, asfixia y golpes.

Desamparados, sin contar con ley alguna que los protejan de los más terribles sufrimientos imaginables, los peces depende absolutamente de que actuemos para ayudarles.

Y es que aunque sus gritos no puedan ser escuchados, los peces nos están dejando algo muy claro: no quieren morir y quieren quedar fuera de nuestros platos.